Hay muertes que jamás deberían ocurrir. Muertes que no pueden atribuirse simplemente a la fatalidad, porque detrás de ellas existen conductas imprudentes, riesgos previsibles y sistemas de prevención que no han logrado proteger suficientemente la vida humana.
Hoy escribo desde el dolor más profundo de mi corazón, pero también desde mi responsabilidad como educadora en derechos humanos. Mi hermana, Silvia Marisol Veroi Arnodo, perdió la vida en Honduras en circunstancias que deberían conmover la conciencia de toda nuestra sociedad.
Marisol llevaba en sus brazos a una bebé de apenas nueve meses, hija de una amiga a quien quería profundamente. Según la información recibida por nuestra familia, un motociclista que presuntamente hacía piques con una motocicleta las atropelló, lanzándolas hacia el centro de la carretera.
Al parecer mi hermana sobrevivió al primer impacto. A pesar de encontrarse herida, comprendió que la pequeña luchaba por sobrevivir. En un gesto de extraordinaria humanidad, intentó proteger a aquella criatura indefensa para evitar que otro vehículo pudiera atropellarla.
La bebé no era su hija, pero Marisol la protegió como si lo fuera, segundos después, según nuestro relato familiar, otro vehículo que circulaba sin luces le pasó por encima, provocando su muerte.
Marisol murió intentando salvar una vida. Su último acto fue un acto de amor. Pero esta tragedia no termina con su fallecimiento.
Mi hermana era madre soltera de dos hijos, quienes constituían su mayor razón para vivir y luchar. Su hija adolescente todavía no había podido comenzar los estudios que tanto anhela realizar. Hoy enfrenta la pérdida de su madre y de su principal fuente de protección y apoyo.
¿Quién responde por estos hijos? ¿Quién repara las consecuencias emocionales, familiares y económicas de una muerte que pudo haberse evitado?
Una tragedia familiar que refleja una crisis nacional, Marisol representa a miles de víctimas de la violencia vial en Honduras.
Según el Observatorio Nacional de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), durante 2025 se registraron 2,029 muertes por eventos de tránsito, un incremento del 7.6 % respecto de 2024. Durante el primer semestre de 2026 ya se contabilizaban otras 1,018 víctimas.
Estamos hablando de más de cinco vidas perdidas diariamente, en promedio, durante 2025.
Las cifras también revelan la vulnerabilidad de quienes transitan a pie. En 2024, los peatones representaron el 27.7 % de las víctimas mortales de tránsito.
Esta preocupación ha trascendido nuestras fronteras. En agosto de 2023, las Naciones Unidas, al anunciar la visita de su enviado especial para la seguridad vial, señalaron que los siniestros de tránsito constituían la segunda causa de muertes violentas en Honduras, después de los homicidios, según datos correspondientes a 2022.
La Organización Mundial de la Salud también ha advertido que los siniestros viales provocan aproximadamente 1.19 millones de muertes anuales en el mundo y constituyen la principal causa de muerte entre niños y jóvenes de 5 a 29 años.
Estas cifras no son simples estadísticas. Son madres que no regresan a sus hogares, hijos que quedan desamparados y familias cuyos proyectos de vida se destruyen en segundos.
Cuando conducir irresponsablemente convierte un vehículo en un arma mortal, Un automóvil o una motocicleta pueden convertirse en instrumentos mortales cuando son utilizados sin responsabilidad.
Honduras necesita fortalecer urgentemente sus mecanismos de control vehicular, vigilancia de carreteras, inspección técnica, prevención de carreras clandestinas y aplicación efectiva de las normas de tránsito.
La educación vial debe comenzar desde las escuelas, pero también debe existir una respuesta institucional capaz de identificar riesgos, prevenir conductas peligrosas y sancionar las infracciones conforme a la ley.
Desde una perspectiva de derechos humanos, la protección de la vida no puede limitarse a lamentar las tragedias. El Estado tiene responsabilidades de prevención, investigación y garantía de acceso a la justicia.
También necesitamos mecanismos efectivos de atención, reparación y acompañamiento para las familias de las víctimas, particularmente cuando quedan niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad.
No escribo movida por el deseo de venganza. Escribo porque ninguna familia debería enfrentar una pérdida semejante y, además, sentirse abandonada ante sus consecuencias.
La muerte de mi hermana no puede quedar reducida a una noticia pasajera. Hoy nuestra familia busca apoyo solidario para sus hijos, especialmente para que su hija pueda comenzar sus estudios y construir el futuro que su madre soñaba para ella.
Pero mi llamado trasciende nuestra tragedia familiar. Honduras necesita una política de seguridad vial que coloque la vida humana por encima de la imprudencia, la indiferencia y la falta de control.
Que la historia de Marisol nos recuerde que cada víctima tiene un nombre, una familia y sueños que merecían continuar.
Mi hermana murió intentando proteger a una bebé que no era su hija. Que su último acto de amor nos inspire a proteger a quienes todavía transitan nuestras carreteras.
Porque ninguna familia hondureña debería tener que perder a un ser querido para que la seguridad vial sea tomada en serio.
En memoria de mi amada hermana Silvia Marisol Veroi Arnodo, de la pequeña bebé que partió junto a ella y de todas las víctimas de la violencia vial en Honduras.
SILVIA MARISOL VEROI ARNODO
ÁNGELA MARIETA SOSA
MÁSTER EN DERECHOS HUMANOS

