Bajo el intenso sol del mediodía, con apenas unos cuantos productos en sus manos y recorriendo calles donde los vehículos pasan a pocos metros de distancia, miles de niños y adolescentes hondureños enfrentan diariamente una realidad que debería estar lejos de su edad: trabajar para contribuir con la economía de sus hogares.
Saúl, un nombre utilizado para proteger su identidad, es uno de ellos. Después de asistir a clases, sale a vender franelas en diferentes puntos de Tegucigalpa. Su jornada comienza al mediodía y termina hasta las 6:00 de la tarde. Durante varias horas permanece en las calles intentando vender sus productos mientras se expone a riesgos como accidentes, inseguridad y condiciones climáticas adversas.
“Hasta las 6:00 PM termino”, resume una rutina que para miles de menores se ha convertido en parte de su vida cotidiana: estudiar durante algunas horas y luego trabajar para obtener ingresos que ayuden a sostener a sus familias.
Más de 261 mil menores trabajan en Honduras
Las cifras reflejan una problemática que continúa creciendo. De acuerdo con datos de la Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples del Instituto Nacional de Estadística (INE) 2025, analizados por EL HERALDO Plus, Honduras registra más de 261 mil menores de edad en condición de trabajo infantil.
El número representa un retroceso en los esfuerzos para erradicar esta práctica, ya que en los últimos dos años aproximadamente 36 mil niños y adolescentes se incorporaron a actividades laborales. En 2023 se estimaban unos 225 mil menores trabajando; para 2024 la cifra aumentó a 249 mil y en 2025 llegó a los 261 mil.
La principal causa detrás de esta situación continúa siendo la pobreza, que obliga a muchos hogares a depender del aporte económico de sus hijos para cubrir necesidades básicas como alimentación, transporte, vivienda y educación.
Niños que trabajan por ingresos mínimos
Aunque muchos menores cumplen jornadas similares a las de un adulto, sus ingresos están muy por debajo de un salario digno. Según los datos recopilados, una parte importante de los niños y adolescentes trabajadores recibe ingresos menores a cinco mil lempiras mensuales, mientras otros ni siquiera reciben remuneración por las actividades que realizan.
En el caso de Saúl, la venta de franelas representa un ingreso variable. Cada producto tiene un precio de 25 lempiras y, en un buen día, puede vender todas las unidades que lleva consigo. Sin embargo, alcanzar esas metas no siempre es posible debido a la baja demanda y a la competencia en las calles.
Los datos muestran además una marcada diferencia entre zonas urbanas y rurales. Cerca del 64% del trabajo infantil se concentra en áreas rurales, donde las condiciones económicas y la falta de oportunidades aumentan la presión sobre las familias para incorporar a los menores a actividades productivas.
La niñez más vulnerable carga con el problema
Uno de los aspectos más preocupantes es la edad de los menores involucrados. Una proporción importante corresponde a niños entre los 5 y 9 años, una etapa en la que deberían encontrarse completamente vinculados al sistema educativo y al desarrollo de habilidades básicas.
Expertos en derechos de la niñez advierten que el trabajo infantil no solo representa una actividad económica temprana, sino que puede afectar el acceso a la educación, el descanso, la salud física y emocional, además de limitar las oportunidades futuras de estos menores.
En muchos hogares, el trabajo infantil llega a verse como una forma de aprendizaje o responsabilidad; sin embargo, especialistas señalan que esta percepción puede ocultar una vulneración de derechos cuando las actividades laborales sustituyen la educación o exponen a los niños a condiciones peligrosas.
Calles, agricultura y comercio informal: los principales escenarios
La mayoría de los menores trabajadores se encuentra en actividades informales, donde existe poca protección laboral y mayores riesgos de explotación.
Algunos trabajan en ventas ambulantes, otros apoyan en negocios familiares, labores agrícolas, mercados o actividades que requieren esfuerzo físico prolongado.
La informalidad dificulta que estos niños tengan acceso a mecanismos de protección y aumenta la posibilidad de que sean sometidos a jornadas extensas, bajos ingresos o condiciones inseguras.
Un desafío para Honduras
La reducción del trabajo infantil requiere acciones que combinen combate a la pobreza, fortalecimiento educativo, generación de empleo para adultos y políticas de protección social para las familias más vulnerables.
Mientras miles de hogares continúan enfrentando dificultades económicas, niños como Saúl seguirán dividiendo su tiempo entre los cuadernos y las calles, intentando aportar ingresos para sobrevivir.
Detrás de la cifra de 261 mil menores en trabajo infantil existen historias individuales de niños que dejaron parte de su infancia para asumir responsabilidades que corresponden a los adultos.