A principios de este siglo se hablaba de una Unión Aduanera Centroamericana que tendría como objetivo eliminar los puestos fronterizos entre los países miembros. No obstante esta promesa, hoy en día un inversionista que pone una planta de producción ya sea en Guatemala, Honduras o El Salvador no se sitúa en un mercado; está en tres diferentes mercados. Tres registros sanitarios, tres licencias ambientales, tres permisos de construcción, tres criterios de aduana y si la carga cruza; tres filas. La Union Aduanera y la armonización de los procedimientos y aranceles que fue parte de la negociación del tratado CAFTA RD, así como el tratado con la Unión Europea no funciona como fue concebida.
Hay que recordar que Francisco Morazán fue fusilado en Costa Rica y que Nicaragua se encuentra un limbo por estar en manos de un dictador que irrespeta todos los derechos fundamentales de su población y se convierte en una amenaza regional por su cercanía con los enemigos tradicionales (Irán Rusia y China) de nuestros aliados del norte.
Por lo anterior, el triángulo norte debe ser un imperativo geopolítico común de los presidentes de Honduras, El Salvador y Guatemala. Que coincide con los intereses de reducir migración y la seguridad nacional de nuestros vecinos del norte. El Proceso de Integración Profunda existe desde 2015 entre Guatemala y Honduras y El Salvador se sumó en 2018. Pero persisten los tramites y requisitos de cada país que hacen que La Unión Aduanera avance en el papel y se atasque en la burocracia.
Lo que le importa a un inversionista es más que un arancel. Hoy más del 97% de los bienes originarios gozan de libre circulación, solo los productos listados en el Anexo A están sujetos a regímenes especiales, aranceles o controles de importación debido a su sensibilidad comercial. Lo que hay son restricciones sanitarias y burocracia de los tres países que amenaza la agilidad del comercio e inversiones.
El costo de esta burocracia se paga en tiempo; un contenedor parado en una frontera, un estudio de impacto que no reconoce el del país vecino, una licencia eléctrica que hay que empezar de cero al cruzar el río: cada uno es un impuesto invisible. Lo paga quien produce, sobre todo el que no tiene un departamento jurídico en cada capital. Y lo descuenta el extranjero que compara esta región con México, Costa Rica o la República Dominicana antes de traer el capital. La cercanía con Estados Unidos no es suficiente. Las cadenas que se están mudando de Asia buscan escala, energía y la certeza de que un permiso no se cae al cambiar de jurisdicción. Hoy no podemos competir por las trabas impuestas por nuestra burocracia; ¿porque lo hacen? ¿por ignorancia o maldad?Retirar esas trabas no es abrir la frontera a ciegas. Es reconocer, entre los tres, el permiso que uno ya otorgó cuando el estándar es el mismo, y hacerlo con plazo. Un registro sanitario aprobado en Guatemala debería servir en Honduras y en El Salvador para el mismo producto. Una licencia ambiental de un corredor logístico no debería rehacerse tres veces. Un operador económico autorizado en un país debería pasar los otros dos sin volver a demostrar que existe. La aduana integrada deja de ser una caseta compartida y pasa a ser un solo control. Homologar sin prontitud es dejar el acuerdo en la gaceta. El permiso que tarda dieciocho meses en el segundo país anula el que se concedió en seis en el primero.
Los tres países concentran cerca de la mitad del producto bruto de Centroamérica. Por separado, ninguno tiene el mercado ni las costas suficientes en los dos océanos que pide una cadena de suministro. Juntos sí; puertos en el Atlántico y en el Pacífico, el canal seco, parques industriales y una red eléctrica que ya se puede ampliar. Pero sin permisos y requisitos unificados y homologados, este corredor no pasa de ser un mapa. Una verdadera integración resultaría en bajar los costos logísticos, que es lo que decide si la región entra en el reacomodo de las cadenas de suministro o si nos quedamos mirándolo pasar.
Desde 2020, la alianza empresarial HUGE (Honduras, United States, Guatemala, El Salvador) liderada desde El Salvador, dice haber catalizado cerca de 8,000 millones de dólares y más de 250,000 empleos en el Triángulo Norte y Estados Unidos, con meta de 10,000 millones y 500,000 empleos directos. Esta iniciativa sirve de prueba de que el capital ya miró la región y que ahora nos toca responder. El salto que HUGE anima exige que armar una operación política y económica en los tres países para que en nos convirtamos en un solo mercado. Esto requiere que se desbaraten leyes, regulaciones y privilegios que se han otorgado en nombre de la protección de industrias sensibles y del ciudadano; más lo que han hecho es hacerle más complicada la vida al empresario (el estado que promete proteger te quita la libertad gradualmente) dificultando así la inversión, el crecimiento económico y la creación de empleos: o sea la reducción real de la pobreza.
Últimamente ha salido una serie de estudios Qué han mostrado que, no obstante el presupuesto del Gobierno de Honduras ha crecido 3 veces en los últimos 30 años, la pobreza sigue igual. Lo que prueba que la expansión del Estado no garantiza la reducción de la pobreza ni la prosperidad. Este es el momento histórico en el cual se debe de decidir por un gobierno más pequeño más ágil y por más participación de los privados en el desarrollo de la nación. Al traducir el acrónimo HUGE, nos encontramos que significa “enorme”.
En efecto unir el triángulo norte en una sola región comercial nos haría enormes; nos haría crecer, nos haría ser relevantes en el comercio internacional, nos haría atractivos a la inversión, reduciríamos la tentación de emigrar y seríamos consecuentes con nuestros vecinos del norte en sus preocupaciones de migración y seguridad nacional.
Hernán Argüello ZelayaIrving Guerrero Movimiento Libertario de Honduras

