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  • septiembre 15, 2026
  • Last Update septiembre 15, 2026 1:18 pm

Honduras: la Independencia que todavía se debe construir

Hoy Honduras celebra 205 años de Independencia.

Y quizás precisamente por eso sea un buen día para hablar menos de historia y un poco más de futuro.

Porque las naciones también tienen que animarse, de vez en cuando, a mirarse al espejo.

Soy argentino. No nací en Honduras. Pero desde hace ya bastante tiempo trabajo, camino, escucho, discuto y pienso política en este país. Me tocó además participar profesionalmente de uno de los procesos electorales más intensos de los últimos años.

Por eso no escribo estas líneas pretendiendo decirles a los hondureños cómo deben construir su país.

Las escribo desde el lugar de alguien que observa Honduras desde afuera, pero que hace tiempo dejó de sentirse completamente ajeno a lo que aquí sucede.

Y hay algo que me preocupa.

Honduras necesita dejar de discutir permanentemente quién destruyó más el país y comenzar, definitivamente, a discutir quién está dispuesto a construirlo mejor.

El Gobierno que asumió el pasado 27 de enero recibió un Estado con enormes problemas acumulados. Negarlo sería intelectualmente deshonesto.

Cuatro años de un gobierno que se proclamó socialista dejaron demasiadas cuentas pendientes, instituciones debilitadas, dificultades económicas y sociales y una sociedad profundamente dividida.

Pero existe una regla inexorable en política:

“La herencia explica durante un tiempo; después, gobierna el que gobierna”.

Y este Gobierno necesita comprenderlo rápidamente.

La gente no vota solamente para cambiar presidentes. Vota porque quiere cambiar su vida.

Quiere conseguir trabajo.

Quiere que alcance el dinero.

Quiere seguridad.

Quiere medicamentos en los hospitales.

Quiere educación para sus hijos.

Quiere energía.

Quiere agua.

Quiere carreteras.

Quiere poder producir, invertir y crecer sin que cada cuatro años alguien vuelva a cambiarle las reglas del juego.

En definitiva, quiere algo mucho más sencillo que cualquier discurso político:

Quiere vivir mejor.

Y allí creo que el actual Gobierno todavía tiene una deuda importante.

Hay trabajo. Hay decisiones. Hay funcionarios que están intentando ordenar áreas que recibieron en condiciones muy complejas. Hay proyectos en marcha.

Pero la política tiene una particularidad bastante cruel: no alcanza con hacer.

También hay que lograr que aquello que se hace llegue a la gente, se vea, se entienda y, fundamentalmente, se sienta.

Un Gobierno puede mostrar cien estadísticas positivas. Si una familia continúa sintiendo que su vida no mejora, políticamente esas cien estadísticas valen muy poco.

Por eso creo que Honduras necesita acelerar.

No desesperarse.

No improvisar.

Acelerar.

Son cosas distintas.

Mientras tanto aparece otro fenómeno que tampoco le hace bien al país.

Hay dirigentes políticos que parecen esperar, casi con ansiedad, que al Gobierno le vaya mal.

Como si el fracaso del Gobierno fuera automáticamente el éxito de ellos.

Es una concepción pequeña de la política.

Porque cuando fracasa un gobierno no fracasa solamente un presidente.

Pierde tiempo Honduras.

Pierde empleo Honduras.

Pierde inversión Honduras.

Pierden oportunidades los hondureños.

Quien necesita que su país esté peor para demostrar que él puede gobernarlo mejor, probablemente todavía no entendió qué significa ser dirigente.

La oposición tiene una función imprescindible en cualquier democracia seria: controlar, denunciar, señalar errores y presentar alternativas.

Pero oposición no significa destrucción.

Y mucho menos significa apostar al fracaso nacional para construir una candidatura personal.

Del otro lado tenemos una paradoja todavía más curiosa.

Quienes gobernaron hasta hace apenas meses y no consiguieron resolver buena parte de los problemas estructurales del país ya comienzan nuevamente a presentarse como alternativa para resolverlos.

La política tiene estas cosas.

A veces quienes provocaron el incendio aparecen después ofreciendo el extinguidor.

Será la sociedad hondureña quien juzgue.

Y en medio de todo esto está el Partido Liberal.

Un partido centenario, fundamental para comprender la historia política hondureña, pero que continúa demasiadas veces consumiendo sus energías en sus propias disputas internas.

Honduras necesita un liberalismo fuerte, moderno y democrático.

Pero para ser alternativa de poder primero tendrá que resolver una pregunta bastante más elemental:

¿Quiere discutir permanentemente quién manda dentro del partido o quiere discutir qué país pretende gobernar?

Porque mientras unos miran hacia atrás, otros se pelean entre ellos y algunos esperan que todo salga mal, los problemas siguen allí.

La energía sigue siendo un desafío.

La seguridad sigue siendo un desafío.

El empleo sigue siendo un desafío.

La inversión sigue necesitando seguridad jurídica.

Y la institucionalidad continúa necesitando algo que vengo planteando desde hace tiempo: Políticas de Estado.

Políticas que no duren cuatro años.

Políticas que no sean nacionalistas, liberales o de Libre.

Políticas hondureñas.

He sostenido muchas veces que la energía ilumina ciudades, pero las instituciones iluminan el futuro de las naciones.

Hoy, Día de la Independencia, agregaría algo más.

La verdadera independencia del siglo XXI no se consigue solamente izando una bandera.

Se consigue cuando un país puede decidir su futuro sin depender permanentemente de la pobreza, del clientelismo, de la improvisación, de los extremos ideológicos o de las peleas políticas interminables.

Honduras conquistó su independencia política hace 205 años.

Ahora tiene por delante otra independencia.

La independencia del atraso.

La independencia de la pobreza.

La independencia de la confrontación permanente.

La independencia de creer que para que uno gane necesariamente el otro tiene que perder.

Tal vez haya llegado el momento de comprender algo bastante sencillo:

Honduras no necesita salvadores. Necesita instituciones.

No necesita más odio.

Necesita acuerdos.

No necesita dirigentes pensando solamente en las próximas elecciones.

Necesita estadistas pensando en las próximas generaciones.

Y tampoco necesita un Gobierno paralizado por el temor a equivocarse. Neces

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